Todos ven lo que pareces, pocos sienten lo que eres...

martes, 24 de mayo de 2011

En el río…

Vetusta Morla regresa sin decepcionar a nadie. Esta es mi canción favorita de su último disco "Mapas".

De cuando dejas una cesta de ideas en el río y la corriente de la sociedad la lleva de un lado para otro creando un tejido de pensamientos y sentimientos que ya son imposibles de deshacer...
 
Vetusta Morla - En el río


Antes de ir
Se hacen y deshacen planes, culpas y cadenas.
Forman un telar
Que han tejido eternamente Aracne y Atenea.

Ya no estás,
Te dejé al borde del río metidito en esa cesta.
Y ahora tu vacío
Gira y gira para siempre dentro de una rueca.

En el río, en el río…
La orilla es una jaula hay muchos gallos de pelea.
Suenan cantos de sirena…
Se dan muerte a garrotazos, una estampa muy goyesca.
En la noche, en la noche…
Gira el mundo, gira el hambre y un revólver en la mesa.
En el río, en el río…
Se oyen gritos en el río, alguien no saldrá de esta.

En el río, en el río
Suenan cantos de sirena
Que en la noche, que en la noche
Todavía me despiertan.

En el río, en el río…
Antes de ir
Suenan cantos de sirena…
Se hacen y deshacen planes, culpas y cadenas.
Que en la noche, que en la noche…
Forman un telar
Todavía me despiertan…
Que han tejido eternamente Aracne y Atenea.
 
 
Me ha gustado mucho el texto de presentación del disco "Mapas" en la web oficial del grupo. Esto es lo que dice:

Vamos a dejar 12 canciones metiditas en una cesta en la orilla del río. Un suave empujón y quedarán a merced de la corriente, dejándonos un vacío que gira hasta convertirse en una vorágine dentro de nosotros. El pobre recipiente de mimbre va a ser zarandeado, va a zozobrar, casi a volcar. Va a ser el juguete de los remolinos, va a subir y bajar sobre las ondas mientras escucha, provenientes de la ribera, griteríos y cantos de sirena, dejando atrás casas, intersecciones, islas de ciudad, mirillas y retrovisores.

Puede parecer cruel por nuestra parte, pero es justo lo que teníamos que hacer con la criatura: abandonarla. Dejarla a su suerte porque nosotros ya no le podemos dar más. Que pertenezca a otros, que la juzguen, que la ensanchen, que la muevan de acá para allá. Y que el torrente la convierta en lo que pudo ser y en lo que nunca quiso ser, en lo que nos hace grandes o miserables.

A punto de darnos la vuelta y dejar la orilla, convencidos de haber cambiado con éxito el fuego por palabras, nos daremos cuenta que no le hemos puesto nombre. Mapas, sugiere alguien. Mapas de lo que somos, trazos de nuestras conquistas, fracasos pasados o en presente continuo, colecciones de medallas y arañazos. Mapas que nos ponen delante otro mapa sin leyenda con el que avanzar, construir, o, tan solo, entender el presente.

Justo cuando nos hayamos apartado lo suficiente como para que el rumor del agua esté a punto de desaparecer, desearemos en voz baja que, cuando el retoño llegue al final de su camino de baldosas amarillas, se acuerde de sus progenitores y nos envíe unas postales sin sellar. Para entonces ya estaremos eligiendo qué equipaje dejamos atrás y cuál cargamos en la espalda antes de iniciar el siguiente viaje… esta vez sin mapas.